En algún punto de la firma te preguntan qué capital quieres asegurar en el seguro de vida de la hipoteca. Casi todo el mundo contesta lo primero que le dice el gestor, porque a esas alturas ya llevas media hora firmando papeles y solo quieres llegar a las llaves. El problema es que ahí se decide algo que no tiene nada que ver con el banco: cuánto dinero le queda a tu familia si tú faltas.
Dos formas de asegurar la misma deuda
El seguro de vida vinculado a la hipoteca paga el capital pendiente si el titular fallece (y en la mayoría de pólizas también si queda en incapacidad permanente). Hasta ahí todos son iguales. La diferencia está en qué capital se asegura durante los treinta años que dura el préstamo.
El capital decreciente sigue la curva de tu deuda: al principio asegura casi todo lo que debes, y ese importe baja cada año a la vez que baja tu hipoteca. Si falleces el año 25 de un préstamo a 30, el seguro paga lo poco que queda por amortizar, ni un euro más.
El capital constante asegura la misma cantidad todos los años, normalmente el importe inicial del préstamo. Si falleces el año 25, el seguro paga esa cifra completa, aunque a la hipoteca ya solo le quedaran cinco años y una fracción pequeña de la deuda. La diferencia entre lo que debías y lo que cobra la familia se queda libre, sin que nadie tenga que devolvérsela al banco.
Por qué uno cuesta menos que el otro
La aseguradora cobra por el riesgo que asume, y el riesgo de tener que pagar un capital que cada año es más pequeño es, por definición, menor que el de tener que pagar siempre lo mismo. Por eso el decreciente sale más barato casi en cualquier comparativa, y la diferencia se nota más cuanto mayor te haces: con treinta años, una cobertura decreciente sobre una hipoteca de 120.000€ puede rondar los 30-40€ al año en las ofertas más ajustadas del mercado. Con cincuenta, esa misma cobertura decreciente ya sube a un rango de 150-250€ al año, porque el riesgo de fallecimiento sube con la edad aunque el capital asegurado ya sea más bajo. El constante para ese mismo perfil de cincuenta años, mismo capital de partida, se va a un rango bastante más alto, a menudo 250-400€ al año, porque ahí no hay ninguna rebaja de capital que compense la edad.
Son rangos orientativos, no un presupuesto, cada aseguradora pone su tarifa según tu salud, tu profesión y si fumas o no. Pero la lógica de fondo (decreciente más barato, la brecha se abre con los años) se repite en prácticamente todas las comparativas del mercado.
Lo que de verdad estás comprando
Aquí está la pregunta que el gestor no suele hacerte con estas palabras: ¿quieres un seguro que cancele la hipoteca, o quieres un seguro que además deje algo a tu familia?
Con el decreciente, si faltas, tu familia se queda sin la deuda de la casa y punto. La casa es suya, libre de cargas, pero no hay un colchón extra encima. Si tu objetivo es exactamente ese (que nadie tenga que seguir pagando la hipoteca si tú no estás), el decreciente cumple su función al precio más bajo posible, y pagar de más por el constante no te compra protección adicional que necesites.
Con el constante, tu familia se queda sin la deuda y, además, con la diferencia entre lo asegurado y lo que quedaba por pagar. Si fallecieras en el año 20 de una hipoteca de 200.000€ con 60.000€ pendientes, la familia cobraría los 200.000€ completos: cancela la deuda y le sobran 140.000€ para lo que haga falta, colegio de los hijos, un año sin ingresos, lo que sea. Esa diferencia es el motivo real para pagar más cada mes, no el capricho de "por si acaso".
Cómo decidir sin darle más vueltas de las necesarias
Si tienes otros seguros de vida por tu cuenta, o un patrimonio que ya cubriría a tu familia sin la casa de por medio, el decreciente basta: ya tienes la protección extra en otro sitio y no hace falta pagarla dos veces. Si la hipoteca es prácticamente todo tu colchón familiar y no tienes otro seguro aparte, el constante compensa la diferencia de precio: la familia queda sin deuda y con un margen extra para lo que venga después, sea lo que sea.
Una cosa que sí conviene revisar antes de firmar cualquiera de los dos: si el banco te dio un tipo de interés más bajo a cambio de contratar el seguro con su aseguradora, cambiar de capital o de compañía más adelante puede hacerte perder esa bonificación. Pide por escrito qué pasa con el tipo si algún día quieres mover el seguro, antes de que la firma quede atrás y esa letra pequeña se vuelva imposible de renegociar.
No es la decisión que más dinero mueve del proceso hipotecario, pero sí es de las pocas que no tienen vuelta atrás fácil el día que hace falta cobrar el seguro. Merece más de los treinta segundos que le suele dedicar la mayoría en la mesa de firma.